Los resultados de ayer vinieron a demostrar que la
naturaleza reactiva del nacionalismo opera en condiciones de extrema
tensión, como las que rodearon los comicios de 2001, mientras que en un
clima de apreciable distensión y sin miedos cruzados el voto
nacionalista se relaja hasta convertirse en una opción más política que
ideológica. La llamada al voto para 'gobernar desde aquí' ha debido
surtir algún efecto, puesto que las opciones del PNV no se vieron
superadas por las expectativas socialistas. Pero está claro que la
eventualidad de la alternancia en el País Vasco no genera ya
anticuerpos capaces de movilizar al nacionalismo en su conjunto muy por
encima del no-nacionalismo. Ni siquiera el proteccionismo, el instinto
que en tiempos de crisis repliega a las sociedades sobre sí mismas, la
comprensible inclinación a preservar intereses, pudo ayer salvar los
muebles de la continuidad promulgada por un Ibarretxe cambiado a última
hora. Tan a última hora que el propio cambio en su discurso ha acabado
dando carta de naturaleza a ese otro cambio más o menos difuso que
prometían socialistas y populares. En 2001 y en 2005 Ibarretxe triunfó
de tal manera que pudo cobrarse la victoria imprimiendo a su partido
una dinámica obstinada con sucesivos planes soberanistas. Esta vez es
el partido o, para ser más precisos, una parte de él el que se halla en
condiciones de cobrar a Ibarretxe el apoyo que le ha venido prestando
hasta el último momento.
Es cierto que, como ocurriera en 2001, el PNV ha logrado
atraerse tanto voto moderado como el voto útil del soberanismo. Pero lo
ha conseguido de manera insuficiente, obteniendo una presencia bastante
homogénea en el conjunto del país, pero tan a costa de los socios
arropados por el actual lehendakari durante años que el resultado, si
no media algún milagro, pone punto y final a la 'era Ibarretxe'. El
partido de Urkullu ha sorteado durante años la disyuntiva que se le
planteaba a cada paso entre soberanismo y pragmatismo; y lo ha hecho
así porque ninguno de los casos en los que se ha visto abocado a la
encrucijada ésta era ineludible. Baste un ejemplo: Imaz logró la
presidencia del EBB frente a Egibar obviando e incluso ocultando las
diferencias políticas que les separaban, y se despidió de dicho cargo
expresando de manera muy cuidadosa las causas de una crisis que dejaba
el camino libre a Ibarretxe. Pero esta vez la pregunta requiere
contestación y muy pronto. Esta vez el PNV ni siquiera puede recurrir
al consabido argumento de esperar a las elecciones locales y forales de
dentro de dos años. Esta vez tiene que decidirse entre formar parte del
próximo gobierno vasco o pasar a la oposición.
En su afán por destacarse como candidato con opciones
para presidir un gobierno monocolor y sacudirse las invectivas de los
populares, Patxi López advirtió de que la fórmula de coalición PNV-PSE
era del pasado. Lo paradójico del caso es que corresponde al PNV
demostrar que no es así, convencer a los socialistas de su propósito de
la enmienda para, cuando menos, seguir formando parte del gobierno.
Pero para ello deberá poner a prueba su cohesión interna y, sobre todo,
el EBB deberá someter al conjunto del partido a una catarsis que lo
libere del entusiasmo soberanista con el que salió de la fracasada
estrategia de Lizarra. En otras condiciones, los jeltzales hubiesen
podido reivindicar la preeminencia del partido ganador para iniciar los
trámites y conversaciones que abran la legislatura. Pero el escrutinio
de ayer es el peor de los que podía esperar un partido acostumbrado
durante los últimos diez años a no tener que tomar decisiones. Esta vez
el PNV tendrá que hablar, antes que nada, consigo mismo.
Probablemente muchos nacionalistas se reafirmarían ayer
la denuncia de que la exclusión judicial de los batasunos reducía su
margen de maniobra ante las pretensiones de cambio de los
constitucionalistas. Es una forma ya poco útil de olvidar que lo
ocurrido es también consecuencia de los devaneos soberanistas con los
que Ibarretxe transitó durante las dos últimas legislaturas contando
con apoyos puntuales de la izquierda abertzale. En otras
circunstancias, aun sumando únicamente con el incierto apoyo de Aralar
y el renuente de EA y EB, Ibarretxe y su partido se hubiesen atrevido a
mencionar tras las elecciones la existencia de una bolsa de electores
'sin derechos' cuya representación estarían dispuestos a asumir de
facto, ampliando así la base social sobre la que pudieran asentar una
mayoría exigua. Pero se da el caso de que ni por esas. Esta vez el PNV
tendrá que decantarse. Tendrá que optar por revisar de plano ponencias,
declaraciones y compromisos para acomodarse a la nueva situación e
intentar el acercamiento con los socialistas. A no ser que, atenazado
por sus equilibrios internos, trate de convertir en virtud la necesidad
de mantenerse al margen, a la espera de que sean el PSE-EE y el PP
quienes se decanten y definan su actitud respecto a la gobernación de
Euskadi durante los próximos cuatro años. Sería tanto como proyectar
una nueva 'era Ibarretxe' con éste como jefe de la oposición.