Patxi López despejó anoche el dilema ante el que unos
resultados menos satisfactorios de lo esperado habían situado a los
socialistas vascos y al presidente Rodríguez Zapatero, al confirmar que
presentará su candidatura a la investidura en la que podría convertirse
en el primer lehendakari socialista de Euskadi con los votos del PP y
de UPD. La disposición de López a forzar el cambio tiene el efecto
inmediato de subrayar la preeminencia de su partido ante unas
negociaciones para formar Gobierno que corresponde iniciar al PNV en su
condición de ganador de las elecciones.
De ese modo, antepone la posibilidad real del relevo en
Ajuria Enea a la notable distancia con la que Ibarretxe se ha impuesto
en estos comicios. Así demostraría la dependencia que el PNV mantiene
con respecto a su figura; y también constataría que los resultados
cosechados no son todo lo nítidos, todo lo airosos, como para permitir
una administración holgada de los mismos, especialmente desde la óptica
de un PSOE que anoche vivió la amargura de perder el Gobierno de
Galicia y que comprueba cómo el PP de Rajoy sale victorioso de una
doble cita con las urnas justamente cuando más acuciado parecía por las
investigaciones en torno a la corrupción.
Las palabras de López han subrayado lo más evidente a la
luz de la matemática electoral, que el cambio es posible y que él está
en mejores condiciones que ningún otro candidato para convertirse en el
nuevo inquilino de Ajuria Enea; al tiempo que fuerzan desde el primer
minuto al PNV a prepararse para el trance que supondría tener que
abandonar el poder con un escrutinio tan amplio a su favor como el
exhibido por Ibarretxe.
Sin embargo, y pese a atesorar la manija del cambio, los
resultados han acabado siendo lo suficientemente endiablados como para
no eliminar las opciones con las que el PNV tratará sin duda de tentar
a Rodríguez Zapatero. Un presidente que no puede por menos que sentirse
muy inquieto ante un panorama postelectoral en el que ha sufrido su
primer revés serio tras el triunfo del PP en Galicia y en el que la
posibilidad de revertir tres décadas de Gobierno nacionalista en
Euskadi ha quedado en manos, sí, de Patxi López pero también de los
populares de Antonio Basagoiti, que han paliado su desgaste electoral
convirtiéndose en la fuerza decisiva para variar el color del Ejecutivo
de Vitoria; y de una Rosa Díez cuyo aval necesariamente tiene que
provocar sentimientos contradictorios en Rodríguez Zapatero.
El presidente es consciente de lo que supondría abortar
una expectativa de cambio que ha tardado 23 años en presentarse de
nuevo ante la puerta de los socialistas, pero también del riesgo de
inestabilidad al que se asoma su precaria mayoría en el Congreso si el
PNV le retira su apoyo, con un PP que ha recobrado oxígeno y un crisis
económica que ha dejado su efecto, negativo para el PSOE, en las urnas.
De ahí que la partida que se inicia ahora deba dilucidar si la opción
de los socialistas es gobernar gracias a los votos del PP y de UPD o si
pesará la alternativa de explorar un acercamiento al PNV supeditado al
sacrificio de Ibarretxe.