La suerte está echada. Esto se ha acabado y lo ha hecho igual que empezó, sin sorpresas, sin estrambotes y sin chispa. El cerdo volador y el saludo vulcaniano de Spock-Ibarretxe serán recordados como los iconos visuales de una campaña pobre en propuestas y en confrontación política, sosegada en las formas y muda respecto a lo que realmente decidirán mañana los vascos: la futura composición del Parlamento y, por ende, la del nuevo Gobierno de Vitoria. Pese a la certeza de que ningún partido dispondrá de una mayoría lo suficientemente amplia como para gobernar con comodidad en solitario, los partidos se han negado tercamente a orientar al elector sobre sus intenciones post 1-M, salvo un Basagoiti que ha ofrecido sus votos al PSE para propiciar la salida de escena de Ibarretxe. Aunque está por ver si los populares están dispuestos a apoyar 'gratis et amore' la investidura de López, como en su día hizo María San Gil.
El contexto era diferente entonces, con un aspirante socialista sin posibilidades reales de ser investido. Pero ahora puede tenerlas y, no en vano, el candidato popular habló ayer ya, significativamente, de «acordar el cambio», Acordar significa poner un precio, que, según se rumia en los mentideros políticos, podría ser la recuperación para el PP de la Diputación de Álava. Son, de momento, sólo castillos en el aire, pero lo cierto es que, a medida que se ha ido consumiendo la campaña, los partidos han demostrado que, aunque lo disimulen, tienen la vista puesta en el escenario, posiblemente endiablado, que se abrirá a partir de mañana.
No se entiende de otro modo la insistencia que han demostrado en los últimos compases mitineros en exigir al rival que aclare sus intenciones y asuma compromisos imposibles de contraer. Se trata más bien de una estrategia para debilitar al oponente en los últimos metros e intentar afearle así sus supuestas ansias de poder a cualquier precio o los hipotéticos pactos vergonzantes que planea y oculta a su electorado. Ésa y no otra es la intención de, por ejemplo, Unai Ziarreta, cuando emplaza al PNV a abjurar públicamente del acuerdo con el PSE. Basta tirar de hemeroteca para recordar que el sector guipuzcoano de EA negoció -sin éxito- con los socialistas cuando el partido de López ganó las elecciones forales en Guipúzcoa. Fue la suya la lista más votada pero finalmente la Diputación quedó en manos del PNV. Lo mismo sucedió en Álava, donde Xabier Agirre ocupa el sillón foral pese a que la lista jeltzale fue... la tercera en número de votos. ¿Qué sentido tiene entonces que Iñigo Urkullu demande a López que «empeñe su palabra» en que respetará la candidatura más votada? ¿Por qué dice el lehendakari que eso es «lo normal» en democracia aunque, preguntado al respecto, no le quede más remedio que reconocer la legitimidad del juego de las mayorías? Posiblemente para hacer calar en los indecisos la idea de que PSE y PP ocultan a los vascos el futuro oscuro que les espera si ellos toman el mando. Pero, ¿qué haría Ibarretxe si los nacionalistas y EB sumaran mayoría absoluta aunque el PSE gane en escaños? Una posibilidad poco probable pero posible que, obviamente, no ha aclarado.
Lo que parece fuera de dudas, aunque algunos jeltzales aún lo pongan en tela de juicio en privado -Zapatero nos necesita, insisten-, es que López se someterá a la votación de investidura quede primero o segundo. El mitin de Eibar, en el que Felipe González le animó a hacerlo en tono casi paternal, ha sido para los socialistas vascos el punto álgido de la campaña. Muy significativo.
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