Una de las peores ofensas que le pueden dedicar a uno en campaña es decirle que está nervioso. Parece como si los nervios fueran cosa de cobardes o perdedores y como si la templanza e incluso cierto aire de displicencia hicieran presagiar el triunfo. Por eso todos dicen ver intranquilo al rival y todos se esfuerzan en aparentar calma aunque el aluvión de encuestas del fin de semana les sea desfavorable. Porque, con la salvedad de Aralar, nadie puede presumir de tener los sondeos de cara. El empate técnico entre PNV y PSE, unido al estratosférico porcentaje de indecisos para estar a tan pocos días de la cita con las urnas, podría perjudicar o beneficiar a cualquiera de los dos: lo mismo sirve para movilizar voto nacionalista -al ver que el PSE les pisa los talones-, que para animar al electorado vagamente partidario del cambio, que se convencería así de la utilidad de su voto. Tampoco el PP, que cae a la tercera posición en su feudo tradicional, Álava, tiene motivos para estar contento, y aún menos EA y EB, que ven peligrar los escaños de sus respectivos líderes. En su caso, la clave está en luchar a brazo partido contra la previsible polarización de la campaña, que podría hacer crecer a partes iguales a los dos 'grandes', y, en el caso de los populares, insistir en presentar propuestas para subrayar la vacuidad del rival. Basagoiti, incluso, ha excusado su presencia en el acto central de hoy para preparar a fondo el debate de pasado mañana.
Pese a lo inquietante del panorama, los partidos hacen esfuerzos en medio de la resaca de encuestas y carnestolendas para trasmitir tranquilidad, dicen percibir buenas vibraciones en la calle y no se plantean virajes bruscos en la estrategia de campaña. Basta con aumentar las dosis de algunos ingredientes del guiso o rebajar otras. Por ejemplo, la posible invasión de la galaxia española -que diría un peneuvista en Carnaval- seguirá siendo la piedra filosofal del argumentario jeltzale en esta recta final. El recurso a esa suerte de 'amenaza fantasma' se intensificará en los días venideros, pero sin descuidar el punto necesario de programa y el aderezo fundamental, la movilización. Las bases del partido están entregadas a la tarea del boca-oído, del puerta a puerta, de la campaña de zapatilla. Se trata de sacar papeletas hasta de debajo de las piedras. El PNV se percibe a sí mismo como una opción al alza. Se congratula por haber superado una cierta tendencia al estancamiento en Guipúzcoa y Álava -donde recorta distancias con el PSE- y de mantener su dominio en Vizcaya. Teme que López intente hacerles enseñar la patita (soberanista) y que arrecien los ataques a su candidato, pero cree que si Ibarretxe ha hecho un alarde de cintura para reírse de sí mismo, con menos motivo caerá ahora en la tentación de insinuar aventuras.
Y si el PNV apela a lo vasco, el PSE contrarrestará el cuento del lobo con unas cuantas cucharadas más de entendimiento entre diferentes. Su electorado ya está alerta y no necesita azuzarlo. Intentará convencer de que no es el epicentro de decisión de los vascos lo que está en juego sino más bien si esas decisiones se toman entre todos o unos contra otros. Los socialistas son conscientes de la importancia de ampliar el margen de ventaja respecto al PNV en Álava -donde están especialmente activas las redes para el cambio y a donde viajará esta semana la vicepresidenta De la Vega- pero sin descuidar Vizcaya, donde arrebatar a su rival el noveno escaño que dejan en el aire las encuestas podría ser decisivo. Las espadas están en alto.
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