Desde que EA irrumpió en la escena política vasca como
partido, tras la escisión del PNV, su trayectoria electoral ha sido
claramente descendente. La curva electoral que configuran los distintos
resultados de esta formación expresa bastante fielmente la falta de
utilidad política que le han visto sus votantes a continuar con un
compromiso que no se veía correspondido por los responsables de este
partido. Efectivamente, sus 13 parlamentarios y más de 175.000 votos
obtenidos en 1986 han ido reduciéndose de manera continuada y
progresiva, comicio tras comicio, en 1990 con nueve escaños, en 1994
con ocho y en 1998 con seis parlamentarios, hasta que la buena suerte
política hizo que en las famosas y disputadas elecciones de 2001
surgiera la fórmula de la coalición electoral con el PNV.
Esta coalición, utilizada también en las elecciones
autonómicas de 2005, ha sido hasta ahora el salvavidas
político-electoral para la formación creada en su día por el ex
lehendakari Garaikoetxea. No sólo representaba un cobijo seguro, sino
que, además, se le brindaba la oportunidad histórica de empezar a
definir con los jeltzales un proyecto compartido más allá de un interés
común de orden estrictamente electoral. La participación de EA en los
distintos gobiernos de la comunidad autónoma junto con el PNV sólo
tenía sentido en la medida que se fuera capaz de definir con los
jeltzales una estrategia común. Es decir, ser capaces de demostrar en
la práctica que la coalición no sólo era la expresión de un interés
electoral común, sino que además era resultado de una apuesta en
profundidad por compartir proyecto y estrategia. Pero era también la
oportunidad de situar las relaciones con el PNV en un terreno
absolutamente distinto al de la disputa y la rivalidad, dando así la
vuelta a la situación que dejó la escisión.
La estrategia de la colaboración beneficiaba a los dos
partidos, pero si alguien debía interpretar e interiorizar tal
situación como política y estratégicamente necesaria e indispensable,
ese alguien era EA. Sin embargo, en la experiencia desarrollada pronto
se pudo comprobar que para los dirigentes de este partido la coalición
no tenía nada de estratégico sino que era un mero instrumento con el
que presionar al PNV para condicionar su política.
La decisión de la ejecutiva de EA de renunciar o
rechazar la fórmula de la coalición, como una manera de distinguirse
del PNV y de resaltar su independencia sobre los jeltzales, les ha
llevado en estas elecciones al mayor desastre que ha conocido esta
formación. Reducido a su mínima expresión tanto en Vizcaya como en
Álava, ha dilapidado con esta última decisión la confianza que los
votantes le seguían prestando, sobre todo, en Guipúzcoa. Precisamente,
el territorio donde sus votos todavía le permiten ostentar la condición
de partido parlamentario. La situación interna, lógicamente, será de
todo menos pacífica. Quienes han promovido este resultado con sus
decisiones deberán asumir las consecuencias.